Mudanza

 
Hoy hace 2 años del fin del mundo. Del fin de mi mundo.
Quizás por eso he decidido mudarme. Este espacio comenzó su vida en el peor momento de la mía. Y yo ahora ya no soy la misma. He crecido y he cambiado. Y la gente de mi alrededor también.
Hoy todo es diferente a como creía entonces. Nunca se cumplieron mis ideas adolescentes, y nunca pude planear mi futuro como yo hubiera querido.
Por eso me mudo. Me marcho a un lugar que me ayude a encontrar el modo en el que soñaba a los 15 años, y la forma en que volaba a los 17. Me voy a un mundo donde encuentre a mis duendes, mis hadas y vampiros. A un mundo donde me encuentre a mí misma, y donde la encuentre a ella. Porque en algún sitio tiene que estar…
Así que me llevo mis bártulos a http://mitierradesuenos.blogspot.com/ por si alguien me quiere venir a buscar…
 
 

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¿Quién soy?

 
Supongo que no es fácil explicar quién soy. Como no es fácil explicar lo que me pasa. Porque a veces, a determinadas horas, en determinados momentos, me duele la tripa. De nervios. De miedo. No es fácil explicar cómo es mi vida. La de pensamientos que bombardean diariamente mi cabeza. La de cuestiones absurdas que me planteo mientras viajo en metro o espero el autobús. A veces reflexiono sobre la muerte. Otras, sobre la vida.
 
Hace ya tiempo que creo que pensar es una maldición. Nos diferencia de los animales, y nos hace infelices. Merma nuestros instintos, y obstruye nuestros sentidos. Demasiadas horas de pensar al día pueden ser dañinas para la salud. Consulte a su farmacéutico. A veces creo que todo sería más fácil si no me cuestionara mi existencia a cada segundo. Si no psicoanalizara a la gente con cada gesto. Si no juzgara cada cosa que veo. Sería todo más fácil si pudiera limitarme a soñar. A soñar sin caerme al suelo, sin que se quebrase el cántaro de leche. Si pudiera abstraerme de la realidad. Quedarme para siempre en la cama, o estar riéndome siempre a carcajadas. O un extremo, o el otro. Pero no los grises. Ni las tonalidades oscuras. Sólo blanco o negro. O mejor, colores pastel. Empalagosos. Como el aire de otoño. Cargado de hormigas voladoras, agua, y frío.
 
Pero no es así. Por alguna extraña razón me gusta pensar. Y autoflagelarme pensando. Me gusta recrearme en las cosas que me hacen daño, en un vano intento por castigarme. Me tiembla el pulso. Me lloran los ojos. No puedo ni leer una noticia de una muerte sin que un escalofrío me recorra todo el cuerpo. No sé lo que me pasa. No sé por qué no puedo evitarlo. Por qué llego a cada sitio huyendo de mí misma, fingiendo ser alguien que no soy. Fingiendo que no me pesan los párpados cada vez que los abro por la mañana. Cada vez que estoy sola. Y como una autómata pongo una falsa sonrisa en los labios para deleite de aquellos que ni se fijan en mí.
 
Quizás sean las fechas. Quizás sea la edad. Quizás el hecho de que es mi último año de Universidad. Pero creo que va más allá. Es algo que está dentro de mí. En ocasiones siento que he nacido con la nostalgia más agudizada que el resto de los mortales, y la melancolía como estandarte personal. Como si no hubiera manera de pararlo nunca. Como si mi única manera de existir fuese llorando. Recordando. Creyendo. Soñando. Como si no fuese capaz de valorar las cosas del presente y solo supiera pensar y repensar en aquellas que perdí.
 
Suspiro. Me callo. Miro para otro lado. Aquí no ha pasado nada. Yo no os he contado nada.
 

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No me importa…

 
No me importa despertarme a las cinco de la mañana si con ello puedo dormir dos horas entre tus brazos.
No me importa que te vayas a las 11 porque madrugas si he podido disfrutarte todo el día.
No me importa que me hagas de rabiar, porque siempre lo compensas con un beso.
No me importa que me cojas en tus brazos con ademanes de tirarme al suelo, porque sé que nunca me dejarás caer.
No me importa que tengas las uñas largas, porque me gusta jugar con ellas.
No me importa que no te peines, porque tú me despeinas cada vez que me abrazas.
No me importa que cortes mal el pavo, porque siempre me haces un sandwich de queso.
No me importa que no me compres cosas caras, porque me dedicas canciones y entradas.
No me importa no poder quedarme en tu casa, porque siempre podremos ir al paraíso a estar solos.
No me importa donde esté ese paraíso: a veces bajo tu edredón, a veces bajo el mío.
No me importa que parezca que somos despegados. Es porque nos gusta echarnos de menos.
No me importa que me estreses, porque a veces me da el punto y lo hago yo.
No me importa que me convenzas para ver el baloncesto, porque yo también te obligo a ver mis series.
No me importa que ya no estemos en el principio. Lo que importa es que no tenemos final.
No me importa que hoy haya llovido todo el día, porque me parecen los días más románticos del mundo.
No me importa nada de todo eso, porque lo que me importa eres tú…
 
 

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Historia de una vida

 
"En mi pasado encuentro todo aquello que me hizo feliz. ¿El mundo era mejor? Hubo una época en la que sí. Yo tenía 17 años, y todos los sueños por cumplir…
 
Cuando llegaba a casa ella estaba conmigo. Me sonreía, me besaba, cuidaba de mí. Y yo entonces, sin darme cuenta, me encerraba en mi santuario, en mi habitación, que no eran más que cuatro paredes llenas de recuerdos e ilusión.
 
Tenía 17 años. Adoraba a mis amigos. Eran ellos. Exclusivos, únicos. Éramos todos. Éramos uno. Ahora, aunque algunos se han alejado de mi camino, los recuerdo con cariño.
 
Tenía 17 años y conocí el amor. Llamó a mi puerta cuando menos lo esperaba, cuando ya creía que el amor no estaba hecho para mí. Dulce, cariñoso, sincero y tímido. Mayor, pero un niño. Guapo y atractivo. Soñador. Como yo. Tenía los pies en la tierra. Me hizo volver a soñar, a confiar. Sentí la pasión encadenarme a sus brazos. Sentí el amor en lo más profundo de mi ser. No podía concentrarme en clase, ni verle todo lo que hubiera deseado. Creía que era difícil. Pero lo difícil vino después.
 
Soñé a su lado, le estreché entre mis brazos y él lo hizo de igual modo siempre que lo necesité. Nunca me falló.
 
Pasó el tiempo y yo crecía. Dos años, y la Universidad. Un mundo diferente se abrió ante nuestros ojos. Éramos adultos. Al menos, yo empezaba a serlo.
 
Lloré. Temí la muerte y lloré. Y él me acompañó. Todo fue un mal sueño que, meses después, se hizo triste realidad. El dolor y las lágrimas acudieron a mi alma, a mi llamada. La piedad, la justicia… Apelé a ellas, pero el Tribunal de la Muerte dictó sentencia. Y la perdí. La noche de un miércoles hace casi 2 años. Se fue. Prácticamente, entre mis brazos. Y yo entre los suyos.
 
Y todo cambió. Dejaron de existir mi casa y mi santuario. Se murieron con ella. Y con ella, mi antigua vida. Me mudé. Me llevé mis recuerdos envueltos en cajas a un nuevo lugar que debía aprender a llamar hogar. Pero que nunca llegaría a serlo en verdad.
 
Y crecí. Más que por fuera, por dentro. Tuve que madurar de golpe a fuerza de palos. Como siempre había hecho.
 
Se acabó la felicidad. No creo que nunca me vuelva a buscar. Los problemas adolescentes dejaron de existir. Llegó la realidad.
 
Volvió a pasar el tiempo. Volvió a cambiar mi mundo. Llegó el último año de carrera, y el futuro se empezó a cernir sobre mis hombros. Tenía miedo. Un porvenir incierto, a medio camino entre los estudios y el trabajo. ¿Qué iba a hacer ahora? Demasiado mayor para esconderme bajo las sábanas. Demasiado pequeña para aprender de la nada.
 
Y tenía 21 años y llegó el mañana. Y tenía 21 años y me dormía arropada. Y reía y cantaba y saltaba y bailaba y lloraba y temía y soñaba y crecía y besaba y abrazaba y acariciaba y gritaba. Y tenía 21 años, y un libro en blanco que rellenar con mi historia".
 
Basado en un escrito del 17 de abril de 2006
 

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Futuro

 

¿Qué es lo que quiero hacer con mi vida? Mis máximas aspiraciones de pequeña culminaban en la imagen de mí misma estudiando una carrera. Llevo 3 años haciéndolo, este es el cuarto y último año de periodismo. ¿Quiero que todo termine aquí? ¿Quiero ponerme ya a trabajar en serio, con una jornada de sol a sol, y viviendo por mi cuenta como un adulto más?

A mí alrededor todo el mundo empieza a esbozar tímidamente lo que quiere hacer después. Estudiar un master en Alemania, irse a Londres a vivir una temporada… ¿Y yo? ¿Quiero irme al extranjero a demostrarme a mí misma que soy capaz de sacarme las castañas del fuego?

La verdad es que no lo sé. Hay demasiadas cosas que me atan aquí. Pero también hay muchas que ya no están. No tengo una casa que pueda llamarla mía, así que… ¿Dónde está mi porvenir? Tengo miedo de irme y no poder volver. Tengo miedo de marcharme y de que nadie me eche de menos. Tengo miedo de no tener un hogar al que regresar…

Todo sería más fácil si mi vida aún fuera la misma que hace dos años. Si aún pudiera soñar con castillos en el aire, y mi mayor preocupación fuera la hora de volver a casa. Pero ahora me toca enfrentarme al mundo real. Nos toca enfrentarnos al mundo real. La pubertad llegó a su fin hace más tiempo del que me gusta reconocer, y la post-adolescencia está agonizando en mis últimos meses como universitaria. Y me da miedo. Tanto que me oprime el pecho, que asoma el mar a mis ojos.  

 

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No sé a dónde ir, no sé dónde voy a estar…

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Olvido

 
Siempre me pasa lo mismo. Se me ocurren cientos de ideas brillantes sobre las que escribir cuando camino sola por la calle. Se me ocurren cientos de versos que merecen la pena ser contados. Cientos de historias que se pasean por mi cabeza, como gatas en celo, esperando que alguien las haga caso para poder ser saciadas.
 
Siempre me pasa lo mismo. Llego a casa, me planto frente al ordenador, y no sé escribir. He perdido la fuerza y la inspiración. He perdido ese sentimiento de dolor trágico. O mejor dicho, lo he escondido. Lo he escondido donde nadie pueda verlo. Donde ni yo misma pueda encontrarlo. Porque no merece la pena volver a ser recordado.
 
Siempre me pasa lo mismo. Quiero dedicarte todas las palabras que salen de mi boca. Quiero gritar al cielo tu nombre rebosante de poesía. Quiero contar cómo me miras a escondidas, cuando crees que no te veo. Cómo juegas con mis dedos y cómo me pincha tu barba cuando me besas la tripa. Pero ya no sé escribir poemas de amor.
 
Siempre me pasa lo mismo. No puedo recordar aquello que martilleaba mi memoria. Qué hacía que se me erizara el vello cuando subía las escaleras, o cuando la tímida brisa que precede al otoño me acariciaba la cara. No puedo expresar ese sentimiento de impotencia, de rabia, de dolor, de muerte y de turbación que experimento cuando recuerdo.
 
Siempre me pasa lo mismo. Acabo escribiendo en un ordenador todo aquello que siento en ese preciso instante en el que olvidé lo que quería decir…
 
En el que olvidé cómo lo quería decir…
 
 

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No quiero…

 
Ser un cordero más del rebaño.
Que menosprecien mi profesión.
Dejar de creer en los sueños.
Vivir sin disfrutar de la vida.
Dejar de ser una post-adolescente.
Renunciar a las risas.
Enfrentarme al mundo real.
Dejar de estudiar.
Que el tiempo pase más rápido.
Madurar.
Mirar a las personas más pequeñas que yo y sentir envidia.
Rendirme.
Dejar de emocionarme por las cosas más tontas.
Ser débil en los momentos difíciles.
Volverme una egoísta.
Mirar sólo por mí.
Ser una incomprensiva.
Olvidar lo que es compartir.
Mirar el dinero que me queda en el banco para llegar a fin de mes.
Pensar en lo que tengo que estudiar/trabajar.
Que la gente no valore lo que hago.
No valorar lo que hacen otras personas.
Olvidar la empatía que sentía de pequeña.
Engañarme a mí misma.
Mentir a los demás.
Ser una hipócrita con mi ideología.
Callarme cuando quiero gritar.
Discutir por tonterías.
Sonreír por cosas que no me hacen gracia.
Llorar cuando intento aguantarme las lágrimas.
Dormirme cuando quiero permanecer toda la noche despierta.
Que dejes de mirarme como me miras.
Que el mundo se acabe mañana.
Darme cuenta de que no vivo al máximo.
No darlo todo por algo.
No darlo todo por alguien.
Olvidar a las personas que alguna vez han formado parte de mi vida.
No saber perdonar.
Creerme mejor que nadie.
Sentirme injustamente tratada.
No mirar al horizonte escuchando música.
Dejar de pensar en voz alta.
Callarme algo por educación, por miedo, o por evitar una discusión.
Dejar de tener este espíritu.
Dejar de ser una idealista.
Olvidar que fui feminista antes que de izquierdas.
Que nadie me diga lo que tengo que hacer.
Dejar de creer que puedo cambiar el mundo.
Volverme negativa, aburrida, pesimista.
Hacer de todo un drama.
Llorar en público.
Que nadie se de cuenta de que estoy triste.
Dejar de aprender cosas nuevas.
Dejar de creer en vampiros (y en fantasmas, ángeles, hadas, demonios…)
No volver a comprarme las cosas que me gustan.
Olvidar que empecé a escribir por afición.
Olvidar lo que es sentirse fuera de lugar.
Creer que lo sé todo, porque no se nada.
Dejar de recordar hasta el más mínimo detalle de mi madre.
Menospreciarme, ni vanagloriarme.
Ser como todo el mundo.
Creerme los convencionalismos.
Pensar que sólo hay una verdad absoluta.
 
 
No quiero nada de esto, porque sólo hay una vida. Y yo quiero vivirla a lo grande. 
 
A lo idealista. 
 

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